viernes, 13 de septiembre de 2013

Una excelente editorial: Dos elevadores (por Lucrecia Lozano)



Dos elevadores

Por Lucrecia Lozano.





Las sociedades más desarrolladas lo son porque tienen, entre otros, altos índices de productividad, excelente infraestructura, educación competitiva o un sistema institucional y legal que funciona con eficiencia y transparencia, pero también porque han logrado reducir la pobreza y combaten la desigualdad social. Son sociedades más igualitarias, en las que la forma como se estructuran las relaciones sociales tiende a disminuir las diferencias.

Muchas veces he tenido estudiantes internacionales de intercambio que se interesan en conocer los tópicos de los cursos que imparto sobre América Latina. Resulta interesante constatar que a muchos de ellos, particularmente a los estudiantes europeos, les es difícil comprender y explicarse la desigualdad que descubren en Monterrey o que ven en nuestro País cuando viajan para conocer más sobre nuestra historia, nuestras bellezas naturales y nuestra riqueza cultural.

Ellos no están acostumbrados a convivir con la pobreza, al menos como la conocemos en México, mucho menos a tolerar la desigualdad. Han crecido en un entorno en el cual, por lo general, las oportunidades son las mismas para todos. Oportunidades de estudiar, de vivir en un hogar lujoso o modesto pero digno, de tener acceso a los servicios básicos, a la seguridad social y la educación.

Seguramente en sus países existen grupos que discriminan a las personas que son diferentes por su origen étnico, sus costumbres o su religión. Sin embargo, su vida institucional, así como la existencia de una cultura social incluyente, tiende a reducir las diferencias y a promover la tolerancia y el respeto.

En Noruega y en Suecia, por ejemplo, la educación es gratuita desde el kínder hasta la universidad. Claro que los impuestos que los ciudadanos pagan son elevados -arriba del 40 por ciento de sus ingresos-, pero esos mismos impuestos retornan a la sociedad en múltiples beneficios, como tener acceso a un servicio educativo de calidad.

Todos sabemos que no hay mejor camino para reducir la desigualdad y promover el desarrollo que el de la educación, la cual se convierte en un medio eficaz para la movilidad social de las personas y para el crecimiento económico y el desarrollo de las sociedades.

¿Por qué escribo sobre este tema? Porque hace unos días, al leer el anuncio de una empresa inmobiliaria que construirá una elegante torre de departamentos en el municipio de San Pedro, llamó mi atención la información que ofrecían como ventajas distintivas del inmueble.

Alberca, salón de reuniones, vigilancia las 24 horas, departamentos sin pasillos para aprovechar al máximo el espacio, terrazas, vistas espectaculares, dos entradas a los departamentos: una para el servicio doméstico y otra para los propietarios. Hasta allí no hubo algo que me sorprendiera.

La sorpresa surgió cuando leí que el edificio contaba con dos tipos de elevadores: uno para uso exclusivo de los dueños, sus familiares y amistades y otro -aislado completamente del primero- para ser utilizado por el personal de servicio. Y en esos términos se justificaba en el texto del anuncio la existencia de los dos elevadores, algo así como "usted no tendrá que compartir el elevador que lo conduzca a su exclusivo hogar con personas que no son de su nivel social".

Imagino que para algunas personas compartir espacios con quienes no tienen su mismo origen social y nivel de ingreso es algo que no está a discusión, es su visión del mundo. La persistencia de estos modos de pensar y de vivir -que en otros países se denomina simple y llanamente discriminación- explica la existencia de proyectos como el del edificio con los dos sistemas de elevadores, pero también la reproducción de una cultura de la inequidad y la desigualdad social. Hay personas de primera y personas de segunda.

México vive en condiciones de mayor inequidad, señalan los resultados de la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares 2012 del INEGI.

Me queda claro que la reducción de la desigualdad es un imperativo social si queremos alcanzar un desarrollo pleno y una vida democrática estable. También que lograrlo es un compromiso compartido entre el Gobierno -con políticas públicas que incentiven la justicia social y la igualdad de oportunidades-, el sector privado -mediante la responsabilidad social- y la sociedad -por medio de una cultura que aliente la cohesión social y contribuya a construir un sentido de comunidad en el que todos tenemos un futuro compartido.

De no asumirlo así, seguiremos siendo, lastimosamente, el país de los dos elevadores.



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